Días pasados estuvo de visita Alex, mi sobrino, se quedó unos cuantos días con los abuelos y tíos, y a expensas del poco tiempo que paso en casa, traté de sacarle el jugo de alguna manera al que pasé con él, y me dejó colgado con cosas que, al no tener tantos niños diariamente a mi alrededor, no logro darme cuenta facilmente.
Esa mente de 3 años me impresionó, con cosas que yo tenía casi olvidadas: como creer que no hay nada imposible de hacer, como llevar una larga conversación entre dos muñecos, como salirse de la cama por el solo hecho de que ya había sol, y que por eso uno no puede seguir durmiendo.
Quería, pero no pude tanto, por el tiempo (cosa que los años se encargaron de ir quitándome), mirarle hasta que yo pueda volver a recordar aquellas cosas, pero, ya estoy contaminado, no tengo 3 años, crecí, y olvidé gran parte de todo eso.
Y pensé, que las cosas que la misma mano del hombre creó: dinero, más horas de trabajo que horas de vida, etc., son las que se encargan de asesinar a nuestra imaginación, una de las armas más valiosas que tenemos, pero que la vida misma se encarga de quitárnosla rápidamente.
Entonces, ¿cuál es la esperanza de vida de nuestra imaginación?
De niños estamos resguardados bajo eso, es nuestro escudo, no hay imposibles, pero, crecemos, y ese escudo se va rompiendo, se presentan cosas más “reales”. Reales y aburridas. Y así la mayoría va dejando de lado lo verdaderamente importante. Nuestra imaginación viva y pura tal vez no sobrevive más de 8, 9 o 10 años.
Es ahí donde me di cuenta. Sería bueno de vez en cuando, al menos intentar volver a ese estado en el cual la imaginación es más fuerte que cualquier otra cosa. Donde para hacer algo realidad no haga falta nada ni nadie, más que nosotros mismos.
Y ahí seguía Alex, mostrándome eso, enseñándome más y mejor que cualquier otro profesor de colegio o facultad. Tal vez (espero que no) cuando él crezca, le pase lo mismo que a mí, pero así como me ayudó a por lo menos intentar recordar qué se siente, espero que en el momento en el que él sea tío o papá, puedan vislumbrarle esa imagen del pasado, y hacer que mire hacia el futuro, más tranquilo, y más feliz, pensando por lo menos por un rato que realmente todo es posible.
“Prefiero que me vean como una persona infantil y no como una persona que vive mecánicamente la vida que eligió”.
Este es Alex.

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